Un paseo en coche, una escapada, la brisa, el mar, y el horizonte hacia mi nuevo atardecer.

Conducir sin rumbo y cantar canciones que me gustan, a todo pulmón y hacer kilómetros interminables...abrir la puerta del coche y quitarme los zapatos. Sentir la arena bajo mis piés. He llegado a mi destino.

La brisa suave acaricia mis mejillas, respiro con normalidad, mientras un montón de granitos de arena pululan sobre mi cabeza, llenando mi cabello de granitos de arena, iguales al tiempo que pasa, y a esas cosas que no podemos controlar, y se nos disipan, desaparecen, se vuelven invisibles, ante nuestros propios ojos.

Escucho las olas agitadas, con el mar dibujando una línea del horizonte. Me pregunto...

¿Dónde está el final? 

¿Dónde estamos nosotros? 

¿Realmente sabemos lo que tenemos bajo nuestros pies? 

¿Hacia qué horizonte nos dirigimos?

Me pongo las gafas de sol y suelto un suspiro, que hace que mi ritmo cardíaco se relaje, y la sangre fluya más lenta por todo mi cuerpo.

A continuación, camino lentamente esbozando una sonrisa en mi rostro, dejando que todo tipo de sonidos se disipen, como cuando te pones unos auriculares en una tienda, y aunque te hablen cerca, o lejos, dejas de escuchar a los demás, para prestarte atención a tí mismo. A tus pensamientos, a tu ritmo cardíaco, a tu respiración.

Finalmente, observo con los ojos cerrados mis pensamientos, mi mar embravecido, mi alma herida, y entonces ví la luz, hacia ese nuevo amanecer. Ese nuevo yo. Y la luz del alba, se reflejó en mis ojos.

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